Sodomita

Wendy Miranda


Hijo de Sodoma
      escucha el lamento inocente
         de la estatua de sal
            de aquella que por ti se envenenó.


¿Para qué le hablaste de tu piel
     de placer
         y mariposas?


No hay traidor que no obtenga su castigo,
         no vale nada tu arrepentimiento.


Podrá morir cien veces más 
     pero ya no bajará a darte la mano
         ni se volverá a quemar la lengua
               con tus lágrimas.


Dios es justo, Dios no olvida
     la traición de tus ojos
         ni el dolor de su llanto.

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El Narco

Guadalupe Cruz



─ ¡A las armas, tijuanenses, los narcos vienen a saquearnos,  robarnos,  llevarse a sus novias, reclutar a sus hijos y plantar hierba en nuestras casas!
El presidente… Esta pelea no es para defender al presidente que no ha hecho nada por proteger lo que tenemos de valor, nuestras familias y nuestras tierras. ¡La causa que defenderemos es esta: la de nosotros, la causa de Tijuana porque aquí empieza la patria!
       Era el 13 de Septiembre de 2012: diez camionetas Cheyenne negras se habían presentado frente a la Plaza Río Tijuana y toda la gente estaba en la mayor consternación y angustia, contemplando aquel aparato hostil. El valiente y noble jefe de seguridad Clemente Domínguez, de acuerdo con su cuadrilla de polis, daba sus disposiciones y órdenes para defender la plaza…
Aproximadamente a las seis de la tarde, mientras todos los clientes se mantenían encerrados en las tiendas protegidos solamente por el vidrio de los aparadores, se vio venir en la carrera a un mensajero de FedEx, bañado en sudor… balbuceaba porque era tartamudo, así que no se le entendía nada de lo que trataba de decir.

─ ¡Por San Judas! Habla de una vez le gritó Juan Pérez  ¿qué hay? ¿si son los narcos?
─ Ssss…si… n… no vi bbb.. bien, ppp…pero estoy se… seguro que es… Gi… Gilberto el Chilango.

“¡Gilberto el Chilango! ─ exclamó la azorada multitud y en aquél momento una estupefacción general se esparció rápidamente ─ ¡Gilberto el Chilango! ¡Santa María de las Tunas! ¿Quién resiste a Gilberto el Chilango?, ¿quién puede entorpecer la rapidez de su pistola?, ¿quién contiene su brazo asesino?, ¿qué mitigará su sed de poder y dinero?”
        Tan temerario que era el jefe de seguridad Domínguez, no dejó flaquearse por la noticia que trajo  el tartamudo mensajero de FedEx.
Conocía perfectamente a Gilberto el Chilango, de quien era tío y sabía que era capaz de todo por vengarse de quien no lo había contratado en Sears por tener un tatuaje en la espalda. Su nombre tenía una terrible fama de sangre. Como el Mocha Orejas, Gilberto había rebanado las orejas de un grupo de rehenes para luego mandarlas en cajas a los familiares a cambio de una gran recompensa. Muchos años de narcotráfico en el norte habían logrado estremecer a la pacífica población de esas tierras y su nombre bastaba para que se orinaran del espanto. Sin embargo, era más importante proceder a serios preparativos, y al efecto, el jefe de seguridad Domínguez dirigió un discurso a los clientes de la plaza para excitar su patriotismo y lealtad, haciéndoles entender que no debían temer a ningún enemigo, siempre que se le enfrentase con una buena carga de plomo a sus tentativas, y que en el nombre norteño, el honor tijuanense estaban directamente interesados en el éxito de aquella jornada.
       El vigía del Costco llegó y afirmó cuanto dijo el mensajero de FedEx. Gilberto el Chilango se había bajado de su troca para acercarse a la plaza caminando, entrar por las puertas de Suburbia, donde hace unos años estaba un restaurante chino, e internado en la plaza. Era seguro que ya estaba en territorio consumista y tal vez dentro de algún baño, porque aún no se había subido a su camioneta al ocultarse el sol.
        Esto acabó de alarmar a la gente y ya no tuvieron tiempo de hacer las últimas compras para sus fiestas patrias y alejar a sus familias de aquél escenario, hasta que llegase el cuerpo de militares que había pedido el cuerpo de seguridad de la plaza. Cuando a las diez de la noche el gerente del Starbucks dio parte del saqueo que habían realizado los narcos en su cafetería, ya la plaza estaba en actitud de defensa, aunque no contaban más que con nueve polis, pues los de intendencia se retiraron a la azotea de inmediato.
        Víctima del bárbaro furor de aquél narco detestable había sido el año pasado el poli Eleuterio Martínez, jefe de seguridad de Macro Plaza Insurgentes. Gilberto el Chilango sorprendió aquella plaza y pasó a pistolazos a los que no tuvieron lugar a escapar anticipadamente de su furor. Martínez fue del número de estos desgraciados. 


¿Te gustó?



Si es así, te invito a que leas El Filibustero de Justo Sierra O'Reily, obra de la cual surgió esta "calca". 

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Whiskey

Néstor Martínez



Alguien se acerca a mí. Me toma de la mano, la acaricia, la comienza a dirigir a su entrepierna, siento su erección, aprieto su pene y comienzo a sobarlo, crece más y más: es grande, al menos unos cinco o seis centímetros más grande que el mío, sin darme cuenta o sin saber por qué, yo también tengo una erección y una mano extraña la siente y acaricia, no abro los ojos, siento un aliento fétido, que apesta a whisky, se acerca a mi boca, la abro un poco y asomo la lengua, siento su barba enredarse en mi barbilla y su mano deslizarse a mi nuca para apretar, su lengua se mueve como un gusano dentro de mi boca, es tan grande que no logro mover mis labios, sólo lo dejo hacer lo suyo. Mi pene, ya afuera, está en su mano, lo mueve de arriba abajo, yo también, instintivamente, lo masturbo. Acerca su cadera a la mía y los glandes chocan, mi pene se endurece aún más, su respiración acelera, no puedo respirar. Me encanta esa sensación, es la primera vez que mi pene es acariciado por otro, ahora yo lo tomo de la nuca, la aprieto y comienzo a juguetear con mi lengua. Está excitado. Yo también, nuestros penes continúan jugando, no me he dado cuenta que su pantalón está abajo y yo ya tengo mi mano jugueteando en su ano, poco a poco comienza voltear, chupo un dedo hasta lubricarlo, después, no sé por qué, lo unto con mi líquido preseminal, él se recarga en una pared y me apunta con las nalgas a mi verga, paso mi dedo una vez más por mi boca —salado— y comienzo a hacer círculos en su ano, se estremece y suelta un gemido, el cual me asusta y me saca un poco del letargo, es un gemido fuerte, vigoroso, varonil, por un momento me siento como un niño pequeño que no sabe dónde están sus papás. Sin avisarle, le introduzco mi dedo medio completamente, suelta un grito, desgarra mis oídos y el corazón, toma mi otra mano y la conduce a su pene, comienzo a masturbarlo mientras saco y meto mi dedo en su ano, acelero ambos movimientos, saco mi dedo y pongo mi pene en la entrada, lo clavo, eyacula en mi mano. Es entonces que sé lo que sucede, estoy penetrando, no sólo eso, sino bombeando a un hombre, siento asco de mi mismo, subo mi mano a su boca y lo obligo a comerse su semen, al principio le da gracia, después no tanta, yo sigo en mi faena, lo lastimo y me da gusto, eyaculo, tomo su nuca lo estrello contra la pared, cae desmallado, su pene está flácido y  el culo le sangra, veo la escena: mi verga está llena de sangre y mierda, no puedo contener el asco y vomito sobre de él, le arranco la camisa y limpio lo más que puedo mi pene, escupo y le doy un trago largo a la botella de whisky que llevaba. Está despertando, se mueve como un animal recién nacido, ciego, expuesto: débil. Meto mi verga, ya sin vida, a mi pantalón, subo mi cierre, ajusto mis botas y cuando abre los ojos, le piso la cara.

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Los sueños de los ciegos

Diego Alan González Guagnelli



Sentidos que se cierran con cerrojos, 
el tiempo con la luz color autista. 
Escucha las palabras de los cojos, 
interpretes del mundo, los solistas.

El cielo se alimenta con despojos, 
silencio acorralado en la mentira, 
la noche, la habitante de mis ojos. 
La vista va escapando de la vista.

El miedo de las sombras va cediendo. 
Escapan las siluetas al tener 
en cambio aquellos mágicos acentos.

Gozamos del eterno amanecer.
Los ojos los cambiamos por recuerdos: 
no vemos porque no queremos ver.

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Al son del óbito

Gregorio Vázquez




La arena me rodea, bailando al son del aire, y entra en mis ojos. Me roba una lágrima de mi ocelo. Quizá lloro por la arena, quizá por la nostalgia. Continuo caminando, pero mis pies batallan, pues se hunden en el desierto que los rodea. El sábulo es iluminado desde lo alto. Todo a mi alrededor es blanco, pienso, todo… Sigo mi recorrido, admirando mi cuanto me rodea, aunque no hay nada; mas, precisamente en el vacío es donde radica la belleza del lugar: descansar de mi siglo, de la hipocresía humana, del terror y la violencia, de preguntarse por el misterio de mi existencia.
         Dios es un cabrón, un jodido robot que el hombre construyó a base de fantasías y anhelos, le platico al vasto mar seco. Sí, eso es. Le cuento esto porque él no sabe lo que yo viví, corre con esa suerte. Intento platicarle más; no puedo: me duele la cabeza, mi sangre la golpea con ritmo cronométrico. Esto me pasa porque el sol me calcina. Ardo, mis plantas se queman con cada paso que doy; sin embargo, mi piel se endurece por el frío, mi pecho tiembla. No tengo con qué cubrirme, pues mi vestimenta quedó junto con mi pasado: atrás. 
         Avanzo sin rumbo. ¿A dónde voy?, me pregunto. Soy un detective sin pista alguna y, peor aún, sin lugar donde buscarlas. No tengo miedo de perderme, pues sé que sobra espacio para no logralo. Intento recordar cómo llegué ahí en primer lugar, pero no puedo, no me viene a la memoria. Lo que sí recuerdo es la crueldad de donde provengo, el erotismo barato y malgastado de las mujeres, las falsas verdades de los gobernantes, y los rezos vanos de los encruzados. Todo lo recuerdo, pienso, pero no recuerdo si en verdad pasó.
         La arena me rodea, bailando al son del óbito, y continuo mi condena.

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Dite

Misael Carbajal



Entramos al centro de la ciudad cuando apenas comenzaba a caer la tarde. En la anormalidad de las circunstancias, que comenzaban a tornarse comunes, nos acompañaba una caravana de periodistas nacionales, los comercios cerraban sus cortinas, se adherían personas al contingente, otras se iban. ¡Ah! cómo sonaban nuestras demandas cuando se tornaban gritos, y los gritos electrificaban las rodillas de los granaderos, tras sus barricadas de alambre, apenas a la distancia de una pedrada.
Mi hermano me advirtió sobre traer la .45 de papá. Le dije que no se preocupara. Todo el día en mi pantalón la había vuelto un ente cálido, confortante. Los celulares dejaron de funcionar, el eco del contingente no se callaba. Se fueron los periodistas, pero quién no habría de oírnos si éramos tantos. Marchábamos, y la polirritmia de nuestros pasos levantaba el polvo de las calles desérticas, vibraba en las fachadas agrietadas, en las cortinas metálicas, en los corazones henchidos de sangre hirviente. Fue cuando comenzaron a disparar.
Unos pocos respondieron al fuego; la mayoría corría, se arrastraba; llevé mi mano a la .45. Mi hermano gritó. “Vámonos, son muchos”. Nos abrimos paso hacia una calle secundaria, estrecha, indiferente, después a otra, y una más. Los disparos no cesaban, maldecíamos, al fondo se delataban las sombras de los soldados, las nubes lacrimógenas. La luz del crepúsculo nunca ilumina la calle. Y en una esquina, bajo el letrero luminoso de un café, una ráfaga me separó de mi hermano. Yo ya había cruzado, siempre fui mejor atleta, eso le molestaba; él no, se agazapó contra un edificio y me hizo señas, “nos vemos en la casa”. Gritó por última vez. Mi .45 estaba tibia, mas no era rival para las carabinas.
Me escondí, no tenía caso pelear así. Esperé el amanecer. Revisé mi cuerpo: tenía la camisa empapada de sangre, no sentí ninguna herida. Varias veces escuché los cascos de los soldados subir y bajar la calle. “Ya están muertos” sentenciaban. No tenían ni idea. Nos reagruparíamos. En la oscuridad de mi refugio, que era apenas un hueco entre dos edificios, planeaba el siguiente movimiento. Nos habían vencido; pero, no era el final, mi hermano y yo retomaríamos estas mismas calles. Las veríamos florecer, y marchitar cuando les llegara la hora.
No sé cuánto tiempo transcurrió. No sentía sed ni hambre; sin embargo, la incertidumbre me obligó a salir. Subí el cierre de la chamarra y traté disimular mi caminar nervioso. La calle bajaba ligera lejos del centro de la ciudad, arrebatada de autos, de personas; ahora sólo el brillo de las farolas la iluminaban débil y a media luz. 
          Ya polvorientas están las pancartas.
Oigo mis pasos sobre los adoquines viejos, el eco multiplicado en las paredes de cantera negra. Me pregunto dónde está mi hermano. No estoy solo. De reojo veo una figura, y la figura no corre ni se esmera por alcanzarme. Solo, me sigue a la distancia, y aun así, su respiración es una avalancha sobre mi nuca. Ya no miro los palacios, ahora, reino de las ratas, ni los blasones tintos en sangre seca recuerdan las marchas monocromas y su eco disidente, ya no entiendo el compás de mis pasos desbandados. Y si mi hermano estuviera muerto; si no lo encontrara al llegar a casa. ¿Qué le diré a mis padres? Llevo mi mano hasta la .45. Sólo tomará un momento. Y la figura sigue ahí como si nada, caminando con paso marcial, no importa que acelere mis pasos, todo el tiempo parece estar a la misma distancia; él y su carabina, larga, afilada. A lo lejos ya distingo una multitud, y en las ventanas de los edificios más próximos veo rostros de ancianos con mirada infantil. Nada es prístino, y no hay luna, sólo el cielo nublado, la noche apagada, los muebles enmohecidos en la calle, las paredes sucias de retablos inútiles, la quietud de una ciudad que no se mueve, que es de piedra, que es piedra el castillo, piedra el hueso y la carne.
La figura se ha ido. 
          Llego a la multitud que se ha reagrupado, busco a mi hermano entre ellos. No se mueven. Pernoctan mirando al cielo, como si esperaran el nacimiento de la luna.
           Mi .45 está fría, totalmente fría, y mi hermano es un recuerdo bajo un letrero iluminado, bajo el cielo purpúreo, y la multitud estática tiene muecas de dolor, y los disparos le peinaban la cara tendido sobre mí, y mis ojos no veían el cielo. Y ven el cielo, bajo el viento que desgasta lentamente la necrópolis.

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Intoxicación


Madrid Pérez María del Pilar


Arranca las alas que nacen en mis manos,
y las bestias que arrastran mis pies.
Extravía por ahí el remolino de mi cabeza, 
Y la descolorida y fría piel.

Te regalo la víbora que vive en mi espalda,
Y la cuna que esconde mi torcida pelvis.
Llévate el insano y fracturado corazón,
Y la tormenta de mi insonora y cruel voz.

Sin embargo, déjame el alma 
que aún sigue creyendo en ti.











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