Los sueños de los ciegos

Diego Alan González Guagnelli



Sentidos que se cierran con cerrojos, 
el tiempo con la luz color autista. 
Escucha las palabras de los cojos, 
interpretes del mundo, los solistas.

El cielo se alimenta con despojos, 
silencio acorralado en la mentira, 
la noche, la habitante de mis ojos. 
La vista va escapando de la vista.

El miedo de las sombras va cediendo. 
Escapan las siluetas al tener 
en cambio aquellos mágicos acentos.

Gozamos del eterno amanecer.
Los ojos los cambiamos por recuerdos: 
no vemos porque no queremos ver.

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Al son del óbito

Gregorio Vázquez




La arena me rodea, bailando al son del aire, y entra en mis ojos. Me roba una lágrima de mi ocelo. Quizá lloro por la arena, quizá por la nostalgia. Continuo caminando, pero mis pies batallan, pues se hunden en el desierto que los rodea. El sábulo es iluminado desde lo alto. Todo a mi alrededor es blanco, pienso, todo… Sigo mi recorrido, admirando mi cuanto me rodea, aunque no hay nada; mas, precisamente en el vacío es donde radica la belleza del lugar: descansar de mi siglo, de la hipocresía humana, del terror y la violencia, de preguntarse por el misterio de mi existencia.
         Dios es un cabrón, un jodido robot que el hombre construyó a base de fantasías y anhelos, le platico al vasto mar seco. Sí, eso es. Le cuento esto porque él no sabe lo que yo viví, corre con esa suerte. Intento platicarle más; no puedo: me duele la cabeza, mi sangre la golpea con ritmo cronométrico. Esto me pasa porque el sol me calcina. Ardo, mis plantas se queman con cada paso que doy; sin embargo, mi piel se endurece por el frío, mi pecho tiembla. No tengo con qué cubrirme, pues mi vestimenta quedó junto con mi pasado: atrás. 
         Avanzo sin rumbo. ¿A dónde voy?, me pregunto. Soy un detective sin pista alguna y, peor aún, sin lugar donde buscarlas. No tengo miedo de perderme, pues sé que sobra espacio para no logralo. Intento recordar cómo llegué ahí en primer lugar, pero no puedo, no me viene a la memoria. Lo que sí recuerdo es la crueldad de donde provengo, el erotismo barato y malgastado de las mujeres, las falsas verdades de los gobernantes, y los rezos vanos de los encruzados. Todo lo recuerdo, pienso, pero no recuerdo si en verdad pasó.
         La arena me rodea, bailando al son del óbito, y continuo mi condena.

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Dite

Misael Carbajal



Entramos al centro de la ciudad cuando apenas comenzaba a caer la tarde. En la anormalidad de las circunstancias, que comenzaban a tornarse comunes, nos acompañaba una caravana de periodistas nacionales, los comercios cerraban sus cortinas, se adherían personas al contingente, otras se iban. ¡Ah! cómo sonaban nuestras demandas cuando se tornaban gritos, y los gritos electrificaban las rodillas de los granaderos, tras sus barricadas de alambre, apenas a la distancia de una pedrada.
Mi hermano me advirtió sobre traer la .45 de papá. Le dije que no se preocupara. Todo el día en mi pantalón la había vuelto un ente cálido, confortante. Los celulares dejaron de funcionar, el eco del contingente no se callaba. Se fueron los periodistas, pero quién no habría de oírnos si éramos tantos. Marchábamos, y la polirritmia de nuestros pasos levantaba el polvo de las calles desérticas, vibraba en las fachadas agrietadas, en las cortinas metálicas, en los corazones henchidos de sangre hirviente. Fue cuando comenzaron a disparar.
Unos pocos respondieron al fuego; la mayoría corría, se arrastraba; llevé mi mano a la .45. Mi hermano gritó. “Vámonos, son muchos”. Nos abrimos paso hacia una calle secundaria, estrecha, indiferente, después a otra, y una más. Los disparos no cesaban, maldecíamos, al fondo se delataban las sombras de los soldados, las nubes lacrimógenas. La luz del crepúsculo nunca ilumina la calle. Y en una esquina, bajo el letrero luminoso de un café, una ráfaga me separó de mi hermano. Yo ya había cruzado, siempre fui mejor atleta, eso le molestaba; él no, se agazapó contra un edificio y me hizo señas, “nos vemos en la casa”. Gritó por última vez. Mi .45 estaba tibia, mas no era rival para las carabinas.
Me escondí, no tenía caso pelear así. Esperé el amanecer. Revisé mi cuerpo: tenía la camisa empapada de sangre, no sentí ninguna herida. Varias veces escuché los cascos de los soldados subir y bajar la calle. “Ya están muertos” sentenciaban. No tenían ni idea. Nos reagruparíamos. En la oscuridad de mi refugio, que era apenas un hueco entre dos edificios, planeaba el siguiente movimiento. Nos habían vencido; pero, no era el final, mi hermano y yo retomaríamos estas mismas calles. Las veríamos florecer, y marchitar cuando les llegara la hora.
No sé cuánto tiempo transcurrió. No sentía sed ni hambre; sin embargo, la incertidumbre me obligó a salir. Subí el cierre de la chamarra y traté disimular mi caminar nervioso. La calle bajaba ligera lejos del centro de la ciudad, arrebatada de autos, de personas; ahora sólo el brillo de las farolas la iluminaban débil y a media luz. 
          Ya polvorientas están las pancartas.
Oigo mis pasos sobre los adoquines viejos, el eco multiplicado en las paredes de cantera negra. Me pregunto dónde está mi hermano. No estoy solo. De reojo veo una figura, y la figura no corre ni se esmera por alcanzarme. Solo, me sigue a la distancia, y aun así, su respiración es una avalancha sobre mi nuca. Ya no miro los palacios, ahora, reino de las ratas, ni los blasones tintos en sangre seca recuerdan las marchas monocromas y su eco disidente, ya no entiendo el compás de mis pasos desbandados. Y si mi hermano estuviera muerto; si no lo encontrara al llegar a casa. ¿Qué le diré a mis padres? Llevo mi mano hasta la .45. Sólo tomará un momento. Y la figura sigue ahí como si nada, caminando con paso marcial, no importa que acelere mis pasos, todo el tiempo parece estar a la misma distancia; él y su carabina, larga, afilada. A lo lejos ya distingo una multitud, y en las ventanas de los edificios más próximos veo rostros de ancianos con mirada infantil. Nada es prístino, y no hay luna, sólo el cielo nublado, la noche apagada, los muebles enmohecidos en la calle, las paredes sucias de retablos inútiles, la quietud de una ciudad que no se mueve, que es de piedra, que es piedra el castillo, piedra el hueso y la carne.
La figura se ha ido. 
          Llego a la multitud que se ha reagrupado, busco a mi hermano entre ellos. No se mueven. Pernoctan mirando al cielo, como si esperaran el nacimiento de la luna.
           Mi .45 está fría, totalmente fría, y mi hermano es un recuerdo bajo un letrero iluminado, bajo el cielo purpúreo, y la multitud estática tiene muecas de dolor, y los disparos le peinaban la cara tendido sobre mí, y mis ojos no veían el cielo. Y ven el cielo, bajo el viento que desgasta lentamente la necrópolis.

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Intoxicación


Madrid Pérez María del Pilar


Arranca las alas que nacen en mis manos,
y las bestias que arrastran mis pies.
Extravía por ahí el remolino de mi cabeza, 
Y la descolorida y fría piel.

Te regalo la víbora que vive en mi espalda,
Y la cuna que esconde mi torcida pelvis.
Llévate el insano y fracturado corazón,
Y la tormenta de mi insonora y cruel voz.

Sin embargo, déjame el alma 
que aún sigue creyendo en ti.











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Madre punto ausencia punto



Schlomo Cabrera Ballin





Gabriel todavía recuerda. Estaba nublado. Café. Azul. Llanto y gritos. El espejo lo ve. Observa y lo copia: pelo negro, ojos grandes, lentes y una enorme maleta. 

—No te vayas —. Silencio. Nada. Gabriel espera. No dice nada. Sube al taxi. No se despide. Se va. Se va para siempre. Ella llora. Rosario. Su madre. Entra a la casa. Se ve en el espejo, el mismo. Se observa: pelo negro y largo; ojos grandes y lentes. Un cigarro. Una cajetilla. Cenizas y lamentos. Rosario ve al cielo. Escucha ese avión y no puede evitar pensar que su hijo se ha ido.
     Rosario intentó ahogarse. No pudo con alcohol. Intentó ahorcarse. No pudo con cigarros. No pudo alejar el recuerdo de Gabriel. No pudo matarse. No pudo ayudarse. Estaba sola y a nadie le importaba. Así lo quería ver. Fernanda la visitaba cada semana. No era suficiente. Sólo una sobrina. Necesitaba a Gabriel, a su hijo mayor, el hijo que quedaba. Daniel, su nuevo esposo: alto, pelo negro, ojos grandes, lentes y un estetoscopio, no podía alegrarla. Estaba desesperado. La amaba; sólo fue una excusa para llenar el vacío que él dejó. Gabriel. Rosario se preguntaba qué hacer para llamar la atención de su hijo: Navaja, muñeca y sangre. Primer intento. Año uno. Sin éxito. Pastillas, licor y vómito. Quinto intento. Sin éxito. Matrimonio. Sin éxito. Apuestas, ganancia y suerte. Año cinco. Sin éxito. Hoteles, dinero y sexo. Doceavo intento. Sin éxito. Sauna, accidente y muerte. Año ocho. Éxito. Nadie lo esperaba; sabían que pasaría. Ese día Daniel salió. Se acuesta con la secretaria. Daniel sigue amando a Rosario. Rosario es fría. Una tabla rígida. Rosario no siente. Rosario no coge. Piensa en Gabriel mientras Daniel está dentro de ella. El recuerdo la consuela, lo siente cerca. No lo soporta. Da todo y recibe polvo a cambio. Ya ni siquiera vive en la misma casa donde Gabriel nació. Necesita cariño. Necesita amor. Se coge a la secretaria. Veintidós años. 1990. Buena cosecha. Piernas, cabello y tetas. Daniel llora, acelera, se viene. Se viene en la cara de la que al día siguiente consiguió un aumento y dos semanas extra de vacaciones. Rosario estaba sola en casa. Coca, café y cigarros: desayuno de campeones. Se quita la ropa. Cuarto de Gabriel. Desnuda. La cama. Labios mayores, menores y dedos. Su imagen. Gabriel. Orgasmo, suciedad y culpa. 
        Sauna. Puertas con seguro. Muerte.
       Ni una llamada. Ni una visita. Desconectado del mundo, de su madre; desconectado de su pasado, de su familia. Gabriel vive como nunca vivió a su lado. Feliz. Feliz desde que puso el pie en el taxi que lo alejó de ella y de su enorme casa. Suena el teléfono. Contesta:

          — ¿Bueno?, ¿quién habla? 

         — ¿Gabriel? Soy yo, Fer, Fernanda —. Ruido, Pasado y fantasmas. Recuerdos de la infancia: vestido de verano y dos colas. Ojos. Verdes. Columpio y juegos; aire y calzones.

          —Tengo algo que decirte.

Rosario lo sabía. Estaba sucia. Todavía percibía el olor, el de su cama. Ya no huele a él. Ella no lo sabe. Ha esperado desde su partida para ese momento. El momento no llega. Nervios. Expectativa. ¿Qué hago? ¿Vendrá a verme? Se veía al espejo. Agua. Manos. Cara. Es refrescante. Entra en el sauna. Su reflejo se pierde. Vapor.
         — ¿Sigues ahí? —Ausencia. Ya le dijo. Espera. Gabriel no habla, reacciona. Malas noticias. Fernanda llora. Gabriel calla. La calla. Hombros tensos. Manos tremolares. Boca seca y sabor a vómito. Visión nublada, comprometida. Late, latido y nada. 

          — ¿Qué dijiste? —Se rompe el silencio. 

          —Se murió, Gabriel, tu mamá se murió.

     Rosario respira. Profundamente. Trata. Es difícil, hace calor. Las ventanas están cerradas y las perillas de las puertas queman. Piensa de nuevo. Quiere salir. No puede. Seguros. Realmente quiere salir; si no sale pronto morirá. Golpea la puerta. Se retracta. Nadie escucha. Gabriel no vendrá. Está muy lejos. Sigue golpeando... nada. Silencio. Nada.  Grita: 

      — ¡Gabriel! ¡Daniel! —. No pasa nada. Nadie escucha. Cae.  Así lo quería; ya no. Aliento, insuficiencia y piso. Frío, calor y muerte.

      — ¿Quién te dio mi teléfono? —Enojo. Furia. Espacio. 

      — ¿Y tú, quién diablos te crees que eres? Eres un idiota, te acabo de decir dos veces que tu madre murió y lo único que puedes escupir es: “¿Quién te dio mi teléfono?” Vete al carajo, Gabriel.

    Al día siguiente, encontraron a Rosario. Seca. Evaporada. Con una cara de desesperación. Tristeza. Él no llegó. No tenía idea; no le importaba. Luto. Duelo. Llamadas sin respuesta. ¿Dónde está Gabriel? Nadie sabía. Daniel de negro. Fernanda de negro. Funeral sin él… y a él sigue sin importarle.
        — ¿Quién te dio mi teléfono, Fernanda?

        —Héctor, Héctor me lo dio, él también está preocupado por ti. Trata de entendernos —. Tensión. Gritos ahogados. Pasado. Presente. 

         —Te fuiste sin decir nada, nos dejaste a todos, me dejaste a mí. Mataste a tu madre. La mataste de tristeza. —. Pausa. Larga.

         — ¿Cuándo es el funeral?

         —Fue hace una semana. No te pudimos localizar. Tu madre te dejó todo. Por cierto: felicidades.

       Vuelo. Seis Horas. Gabriel mira por la ventanilla. Aburrimiento. Carne fría, mantequilla y pan. Asco. Aterrizaje. Filas, espera. Desde que bajó del avión no pudo evitar notarlo. Gris. Sorpresa. No recordaba la ciudad tan artificial, tan insípida. Antes todo tenía más color. Las impresiones del pasado se han ido. Miedo. Miedo de no ver colores otra vez. En la calle, en el cielo. Ciudad de México: Tacos y cacas; piratas y perros. ¿Cómo seguir cuando no puedo ver el camino? Derecho. Sobre la gente. Sobre el pasado. Gris. Chocaré. Caeré. A Gabriel le gusta el gris, con el tono adecuado combina con todo. Qué gris es la ciudad de México. La última vez que estuvo en casa de su madre tenía 18 años. De saber que esa sería la última vez que la vería, la habría visitado. No es cierto. Mentira. No hubiera regresado. Pero regresó y ahora se quedará. La casa es grande. Su pasado… mayor. Fernanda le dijo que tenía que reunirse con Daniel.

           — ¿Quién es Daniel? 

          La reunión con Fernanda no lo dejaba dormir. La ama. Soñó con ella ocho años. La vería de nuevo. 08:16 am. Faltan catorce minutos. Sale del hotel. No quiere llegar tarde. No quiere hacerla esperar. Está sentada a la mesa, tomando café americano, su favorito. Es hermosa. Su cabello ahora es corto. Elegante. La ve. Lo abraza. Se ven a los ojos, se acerca a ella. Nariz con Nariz. Su corazón se acelera. Tensión. Fernanda no la aguanta, se separa de Gabriel. Recuerda cuando salían los tres juntos. Es difícil. Hablan del pasado, del tiempo que estuvieron separados. No hablan de él. Fernanda le ofrece ayuda. Papeleo. Los trámites nunca fueron el fuerte de Gabriel. 

            — ¿Qué harás con la casa? 

            —Me quedaré con ella.

            — ¿Eso significa que te quedarás? ¿Vivirás aquí?

            —Sí —. Fernanda sonrío. Estaba feliz. 

            — ¿Sabes? Visité a mi tía cada semana, para que no se sintiera sola—. Indiferencia. 
—Todos los papeles están en orden. Mi tía lo dejó todo arreglado… desde que te fuiste —. Ausencia. Incomodidad. 

         —Era lo menos que podía arreglar; después de todo lo que rompió —. Duda. Fernanda no aguantó las ganas de preguntar. Tenía que saber:

             — ¿Qué hizo mi tía para que la dejaras?

             —No tienes idea. Pero no quiero hablar de eso.

             —Pero… —Interrupción. 

            —Te dije que no quiero hablar de eso —. Siguen con la conversación. Desayunan. Ríen. Fernanda le da instrucciones de reunirse con Daniel para que le entregue las llaves. El re-encuentro fue bueno. Excitante. Gabriel no puede evitar pensar que sigue sintiendo cosas por ella, pero el anillo en su anular. El anillo en su anular.

             Daniel espera. Tiene que conocer al bastardo que arruinó su matrimonio. El amor verdadero de su verdadero amor. Tocan a su puerta. Se acerca el encuentro no esperado. 

              — ¿Por qué me haces esto, Rosario?
         Abre la puerta. Él está ahí. La viva imagen de su madre. Silencio prolongado. Incómodo. Saludos. Apretón de manos. Se sientan en la sala. 
              — ¿Un whiskey? 

              — ¿Tienes cerveza? —. Sonrisa. Fraternidad. 

              —No preguntes dos veces. ¿Oscura? ¿Clara? 

             —Sorpréndeme —. La casa es grande. Clara. Entra mucha luz. La cerveza oscura. La tensión se disipó. Platican de hobbies. Platican de Jazz. El padre que nunca tuvo. Beben. Mucho y de todo. Ven a Rosario en el otro. Beben más. Daniel se ofrece a llevar a Gabriel a su nueva vieja casa. Le da las llaves. Tráfico. Quince minutos. Casa. Puerta. Entran. Gabriel observa. Era la misma casa donde creció. Así parecía. No entendía cómo pudo vivir tanto tiempo ahí. Sola. Recorrió el pasillo sin ver. Llegó a su habitación. Estaba como la dejó. Los viejos pósters en la pared, los cómics en el librero. Pero algo estaba mal. El cuarto olía a su madre. Olía a vagina. Todo y cada parte de él. Las sábanas, la cama, las fotos. Los dos lo sabían. Se rompió el lazo. Demasiada enfermedad. Demasiada locura. Sólo vagina. Sólo Rosario. Gabriel no lo ignoraba. Daniel no lo soportó. Olía a la amada. Olía a la madre. Pero no olía por Daniel. La madre lloraba a Gabriel. La amada lloraba a su hijo. Lo deseaba. Demencia. Puño. Golpe. Sangre. Gritos. Cara. 

            —Yo la amaba, cabrón y la enferma sólo te quería a ti, te deseaba sólo a ti—. Puño. Golpe. Sangre. Gritos. Besos. Lágrimas. Botón, botón, botón. Daniel. Besó su pecho. Gabriel gemía. Quería más. Lenguas. Penes. Sexo, llanto y lujuria. Vacío. Se necesitaban para olvidar a la madre. Olvidar a la prima. Olvidar a la amada. Olvidar a la esposa.

Daniel se fue. Día soleado. Gabriel lo acompañó a la puerta. Café en mano. Sube al carro. Beso. Se despide. Sonrisas. Cierra a la puerta. Pasillo. Espejo. El mismo. Se ve en él: pelo negro, ojos grandes, lentes y una sonrisa. Gabriel pasó todo el primer mes en la cama con Fernanda. Recibiendo visitas indeseadas. Antiguas amigas de su madre, compañeros de trabajo, familiares y uno que otro testigo de jehová. Pero no fue hasta la mañana en que lo volvió a ver, que sintió que podía comenzar de nuevo.


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El rumor de los grillos


Benjamín Sandoval Zacarías



Bajo la parda niebla de un amanecer de invierno
T.S. Elliot



Diana y Khalil duermen plácidamente sin ser perturbados por el ruido. Afuera, un grupo de agentes antiterroristas lleva a cabo una redada en el dormitorio de enfrente. Han golpeado a algunos estudiantes y a otros los conducen esposados a un camión blindado. La semana pasada también hubo arrestos en los institutos de física e ingeniería; a pesar de que se guarda silencio sobre estos acontecimientos, días después corrió el rumor de que los arrestados eran científicos del proyecto de la nueva estación espacial.
             Diana ha comenzado a mostrar señales de haber entrado en un sueño profundo. La luz del farol se filtra por la ventana frente a la que estoy de pie observando la redada, y permite distinguir con claridad la silueta de su cuerpo desnudo. Su larga cabellera negra le cubre los senos y baja hasta las primeras costillas. Khalil permanece bajo las sábanas, soñando seguramente. Por la tarde, preparó una infusión con las raíces de una planta que tiene cualidades psicotrópicas. Se comenzó a vender hace poco de forma clandestina cerca de los laboratorios de bioingeniería, en la parte alta de la reserva forestal. En pocos días se volvió una de las drogas más populares del campus. El sabor es amargo y algo picante. No era necesario dejar pasar mucho tiempo después de beberla para que sus efectos se dejaran sentir. Hoy al probarla me sentí algo mareado y con  síntomas de fiebre; poco después mis músculos se fueron relajando y mis sentidos se agudizaron. Escuchaba la plática y las risas de Diana y Khalil como si estuviera dentro de lo que imaginé como una cámara de ecos. Recostado sobre la alfombra  empecé a observar figuras multicolores en el techo. A esa hora de la tarde, a Khalil se le ocurrió leer los anuncios clasificados en voz alta como si declamara poesía:

PROTEGE
tu hogar con PICOS
para
b
 a
   r
    d
                                 a

s-e v-e-n-d-e-n p-o-r m-e-t-ro l-i-n-e-a-l


 … y se paseó de un lado a otro de la habitación gesticulando con la mano que le quedaba libre. Mientras tanto, Diana se recostó a mi izquierda sin parar de reír. Después Khalil estalló en una carcajada y arrojó el periódico al aire (las hojas se esparcieron como en cámara lenta). Khalil y Diana se comenzaron a acariciar y después me hicieron una seña para que me acercara. Nos besamos y después nos quitamos la ropa lentamente, interrumpiendo nuestro juego cada que nos ganaba la risa o que volvíamos a dar un trago a la infusión. Estuvimos así durante mucho tiempo hasta que nos quedamos dormidos. A mitad de la madrugada me despertó un ruido de vidrios rotos y observé, a través de la ventana, cómo se llevaba a cabo la redada en el dormitorio de enfrente.

En un par de horas saldrá el sol, pensé. Para entonces, como es natural, no quedará ninguna huella de la violencia. Diana y Khalil, como afirmé, duermen plácidamente mientras observo la redada que se lleva a cabo en el dormitorio de enfrente. Uno de los agentes, quizá el de mayor rango, ha comenzado a pasar lista a unos estudiantes que permanecen formados en hilera frente al camión. Algunos llevan sus ropas de dormir,  otros están descalzos. Tras dirigirles palabras que no alcancé a escuchar, el agente ha permitido que reingresen al edificio. Es la primera vez que una redada se lleva a cabo tan cerca de nuestro dormitorio. Si los rumores son ciertos, las cosas no pueden más que empeorar. El profesor Wellington continúa desaparecido, así que mañana también se suspenderá nuestro seminario de teoría literaria. Tal vez prepare un poco más de infusión por la mañana, si es que aún sobran raíces; quizá tendré que ir a comprar más. 

El camión por fin se ha ido.  El operativo ha terminado. Suena otra vez el habitual rumor de los grillos y el ligero zumbido que emite el farol. No durarán mucho tiempo esos sonidos. En breve, una cuadrilla llegará para imponer un poco de aseo y reparar cualquier desperfecto. Un vehículo equipado con manguera y cepillos, limpiará los posibles rastros de sangre. Es hora de dormir. El profesor Wellington sigue desaparecido. Por la mañana prepararé un poco más de esta infusión. Como advertí, no sé si queden raíces, tal vez tenga que ir a comprar más. Diana y Khalil duermen plácidamente.





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El vuelo de las manos


Abraham Miguel Domínguez


El nuevo cliente me dijo que a las nueve. Lo primero que hice en cuanto llegué fue quitarme la ropa y abrir la regadera para quitarme el olor de mi cliente anterior. No, yo no hago visitas a domicilio, pero la lana es la lana. Entro al baño y no me da asco que el tipo me haya pasado la lengua por todos lados. Para eso está, para eso estoy. Me estropajeo con ganas, pero no me lavo el cabello. El agua caliente me cae sobre los hombros y poco a poco se me escurre por los costados y la entrepierna. Estoy un poco lastimada. El tipo traía ganas. Salgo de la regadera y me seco bien. Puedo ver mi reflejo en el espejo grande del baño y me observo. Me gustan mis senos, mis caderas, lo que hay entre ellas. De esto vivo, chingaos. Y bien que deja. 
              Camino desnuda por la habitación y me dispongo a maquillarme así, sin ropa. Me gusta seguir mirándome en el espejo. No me pondré mucho, sólo un poco de base, rubor y un lipstick rojo. Los labios son los labios. Tienen que estar lindos. Son la bienvenida, lo que corre, lo que recibe, lo que moja. Sé que les gusta una boca roja, grande, redonda, carnosa, hinchada. Me marco las cejas con el lápiz. Mi párpado tiende a verse caído, así que con cuidado y marcando el negro, ahora da la impresión de ser amplio, triangular, soberbio. Sigue un poco de rubor y listo. 
              El pelo suelto, siempre suelto. 
              Abro mi clóset para escoger las pocas prendas que me pondré. Sólo una tanga roja de piedritas y ya. Arriba la bata, por supuesto. La petición del sujeto decía “fresca y recién bañada”. Pues aquí estoy: fresca, recién bañada y bastante húmeda. Pero algo me dice que voltee, algo me dice que mire hacia la ventana. 
              Ahí está mi vecino. Me mira por un costado de la cortina que no cerré bien. Es el tipo casado que vive enfrente. Sé que me mira en las mañanas. Sé que se la jala. Sé que de seguro sueña conmigo. Por alguna extraña razón, a veces me gusta. 
              Corro bien la cortina y le doy chance de que me vea completa. No apago la luz. Lo ignoro pero sé que está ahí. De reojo veo que su mano se mueve. Al frente y hacía atrás. Disfrútalo, chiquito, ándale. Me inclino para sacar los tacones más altos que tengo. Me los pongo y me siento en la cama con las piernas abiertas. Soy deliciosa, lo sé. Tomo mis senos y los empiezo a acariciar. Acaricio mis muslos y se me ocurre echarme para atrás en la cama. Lo hago. Y sé que me quiero comer, que me quiero disfrutar. Él me quiere devorar. Y le pido que me mire aunque no me escuche. Es imposible hablar…pero tenemos las imágenes, tenemos las muestras. Él sube y baja la mano de su pelvis. Que lo siga haciendo. Yo haré lo mío. Es su mano y mi mano. Sus dedos allá y mis dedos aquí. Mírame. Ahora está aquí y lo siento encima. Hazme lo que quieras, como quieras. Primero lento y después duro, más duro. Más y más. Suspiro, inhalo y exhalo más rápido que de costumbre. Viene y va y me voy con él.
Suena el timbre. Maldición. Él sigue allá.

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