Desvelo


Sonia Jimenez 


“When her loose gown from her shoulders did fall, And she me caught in her arms long and small; And therewithal sweetly did me kiss And softly said, Dear heart, how like you this?” 

― Sir Thomas Wyatt



La ventana abierta traía con el viento lo negro del cielo y de tu recuerdo. Mojaba mi cara el olor a verano, y las cortinas dibujaban, entre aires, siluetas encendidas. Esa noche, suspendida en tus brazos, como siempre, como nunca, mientras el aliento murmuraba tu estructura, en silencio miré —más que a tus ojos contenidos— a la poesía estrechar nuestra piel. Entendí que tu cuello apenas soporta el abrumo del pensamiento, que la voz son tus manos y no tu boca. Tu boca marchita de versos, tan sólo ceniza esparcida sobre hojas blancas.

Ese instante fui agua, navegué por tus piernas con mis manos pronunciando lo que no podía, miré en tus ojos mis ojos inundados y fui tu cuerpo encadenado al frío. Esa noche escuchamos el humo de las frases de Balzac entre nosotros: construía muros que caían con soplidos. Los traspasamos. Bajo los cuerpos, se formaron las calles de París. Acompañada de fantasmas, caminé sobre Rue Saint Honoré. Escribiste versos sentado al borde del río Seine, mientras Nôtre Dame, al mirarnos, anhelaba no ser piedra.

Esa noche, cuando posé mi mano sobre tus letras y pregunté en un descuido: «¿Mon coeur, ça te plait?», te perdí en el instante en que abrí los ojos y te volviste desvelo.


Modesta cena Decembrina


Guadalupe Cruz


En el momento que cruzó la puerta, un profundo olor a carne blanca le inundó la nariz. Era veinticuatro de Diciembre, así que él y su esposa cenarían algo especial, como lo hacían casi todos los años cuando el trabajo dejaba unas cuantas monedas más para adquirir uno bien gordo y saludable. En esas fechas lo único que se podía escuchar en las calles eran los villancicos, las canciones navideñas típicas y los autos que iban de un lado al otro de la ciudad para festejar con sus familiares. Pero en su casa las cosas no eran así. A su mujer le gustaba salirse ligeramente de lo tradicional por que ya le hastiaba oír lo mismo, así que tenía en el estéreo el disco de éxitos de José José.
          Él se aflojó la corbata para, posteriormente, deslizarla por su cuello y dejarla sobre el respaldo del sillón, luego colocó su portafolios en una silla y finalmente tomó asiento frente a la mesa. 
       Su mujer cocinaba como ninguna otra y tan solo de pensar en el platillo que le esperaba, se le hacía agua la boca. Todo un año comiendo simples piezas, flacas o muy gordas cuyo sabor se perdía entre los diferentes matices de las especias. Había ocasiones en que consideraba seriamente en volverse vegano y vivir saboreando tófu, pero siempre terminaba recordando su amor por la carne por muy corriente que ésta fuera. Su textura, cuando la masticaba, no se podía comparar con una hoja de lechuga, un pedazo de apio y mucho menos con una rodaja de jitomate o una zanahoria. Siempre era mejor la carne.
        La mesa estaba preparada elegantemente con los cubiertos de plata francesa, un obsequio  de bodas adquirido por parte de su cuñada; los platos, de porcelana fina y delicada, mientras que las copas de vino eran de cristal de Baccarat. 
           De una bolsa de papel estraza, Manuel sacó una botella de champagne y la colocó al centro.

—Ya casi termino, nada más le faltan unos minutitos— dijo su mujer asomando la cabeza por la puerta de la cocina. Sonreía satisfecha y orgullosa por sus dotes culinarios que no le fallaban esa noche.
—Que bien, que bien. ¿Lo preparaste como me gusta?
—¡Pues claro! A la naranja, no podía ser de otra manera.

La naranja con la carne blanca formaba la mezcla perfecta. Manuel esperó paciente tomando solamente agua en su copa. Poco a poco los aromas comenzaron a llenar la atmósfera. El profundo olor cítrico y dulce de la naranja era la nota predominante junto al ligero efluvio de la mantequilla, mientras que la pimienta, aunque de forma casi imperceptible, comenzaba a unirse en la mezcla de olores. 
         A Manuel le dio tanta hambre que parecía que no había probado alimento alguno dese hacía meses y eso que había desayunado copiosamente, como de costumbre; rechinó los dientes, aguantando el apetito y, cuando sentía la necesidad de comenzar a comerse el mantel, apareció Isabel con una bandeja de metal cubierta con su respectiva tapa. Ella dejó el platillo al lado de la botella de champagne y se sentó al lado de su marido. Manuel ya tenía los ojos desorbitados a causa del hambre pero no podía comenzar la comilona sin antes dar las gracias. Más que costumbre suya, era Isabel quien insistía en conservar esa costumbre y, si él no la respetaba, era seguro que no cenaría. De cualquier manera, se decidió a probar su suerte, estiró una mano hacia la tapa de metal y, cuando sus dedos estuvieron a nada de acariciarla, un manotazo lo hizo retroceder.

—¡Manuel! Hay que dar las gracias, caramba. 
—¡Pero ya me duele la panza, mujer!
—Pues te aguantas… a ver. Demos gracias al Señor por la cena tan deliciosa que he preparado, por el trabajo que nunca nos ha faltado y la gran dicha que reina en nuestro matrimonio. Demos gracias también…
—Ya, Isabel, el Señor sabe que le agradecemos eso y más.
—¡Déjame terminar!
—Oh pues…
—¿En qué estaba? ¡Ah si! Y demos gracias por este año más de vida, por que mi hermana salió de la correccional para mujeres y porque la vasectomía de Gerardo salió bien. Gracias Señor.
—Amén.

Terminadas las oraciones de la pareja, Isabel destapó el guisado. Entonces Manuel quedó maravillado por la visión tan perfecta que miraba. 
         Todo, en su totalidad, parecía estar pintado de dorado y brillaba por la mantequilla que lo cubría. Las rodajas de naranja adornaban desde un extremo al otro, una sobre la otra. Las hojas de laurel quedaban en el medio como un detalle soberbio y la bandeja estaba cubierta de salsa. Verlo, tan solo observarlo provocaba que se abriera un agujero enorme en el estómago.
          Isabel, con un femenino gesto de mano, le indicó a su marido que comenzara. Él, sin quitarle los ojos al guisado, tomó el cuchillo y le cortó una pierna. Era la parte que más le gustaba, así que la colocó delicadamente sobre su plato, tomó tenedor y cuchillo, y rebanó un pedazo de aquella carne blanca y suave. Manuel se remojó los labios con la lengua y abrió la boca para dar entrada al primer bocado.
           La textura fina fue lo primero que tocaron sus papilas gustativas. Masticó un poco. Sabía agridulce, un poco salado. La carne misma tenía un característico sabor a leche, después de todo, con eso se les alimentaba los primeros meses. 
           Manuel soltó un gemido placentero y cerró los ojos para sumergirse un poco más en los sabores. Cuando los abrió, miró a Isabel y deslizó su mano encima de la de ella. 

—Mi vida, este niño te salió mucho mejor que el del año pasado.


¿Te gustó?


Si es así, te invito a que leas Una Modesta Proposición de Jonathan Swift, ensayo satírico que tomé como inspiración para escribir este cuento. 


LaMMAtraca


Rodrigo Alberto Cuellar





¡La Matraca hace escándalo, celebra y recomienda! Así es, la Matraca apoyará al teatro tal y como hacen los hinchas de un equipo de futbol: haciendo bullicio pasional. 
           Y la mejor manera de iniciar esta sección de recomendaciones es refiriendo un punto de unión entre los espectadores: La sangre de las promesas. Tetralogía escrita por el autor franco libanés Wajdi Mouawad, y puesta en escena por la compañía Tapioca Inn, bajo la dirección de Hugo Arrevillaga. Pero hablar de cuatro obras sería inapropiado para tan poco espacio, por lo que nos enfocaremos en la obra Bosques
       El filósofo francés Gilles Deleuze reflexiona en su libro La imagen-tiempo sobre personajes que buscan datos de problemas. En eso quizás podríamos resumir el desarrollo del personaje principal de Bosques, Lobo. Sólo que eso sería reducir bastante la obra, tratemos de ampliarla: en la medida en la que Lobo reconstruye y recupera su pasado y a sus antepasados, Hugo Arrevillaga logra que historias con cien años de diferencia anden tras la sombra de Lobo, y ella tras las de sus antepasados; círculo que se completará hasta que Lobo alcance sus propios pasos. 
        Hablar de nuestro pasado es barrer polvo, encarar abuelas poco cariñosas, hallar bosques escondidos, frondosos y manchados de sangre. Bosques es eso, un enlazamiento de afectos que tienen tatuado una promesa que por generaciones se cumple y se malogra; y en el intento por cumplir se falla mortalmente. Si bien hay familiares que no pudieron cumplir una promesa que nos hicieron, nosotros podemos acercarnos a ellos para decirles, “Gracias por intentarlo”, y en ese acercamiento expresamos la emoción humana de encontrarnos con nuestro pasado para enfrentar el futuro. Tal es la experiencia que nos brinda Mouawad.  
         Y no sólo en Bosques, las tres obras que completan la tetralogía (Litoral, Cielos e Incendios) triunfan en la escena en México, y afortunadamente también en teatros internacionales porque las giras no se han hecho esperar. 
        Por ahora, Bosques ha concluido temporada en el Teatro Orientación en el Centro Cultural del Bosque, mas debemos esperar que, como ha ocurrido en otras ocasiones, Tapioca Inn abra temporada en otros teatros de la ciudad. La Matraca advierte  y recomienda: La sangre de las promesas, Wajdi Mouawad, Tapioca Inn, Hugo Arrevillaga.    



Manzanas Perdidas


Alejandra Valverde




Ella le muerde la lengua,
muerde su manzana,
lo come a besos,
enredada.

Él muerde su lengua:

silencio pausa.
La coma en versos
nada.

En otra lengua

perdida
ella
en un verso
perdido
él
en un beso
se encuentran
ellos
una letra enredada.

Y mientras muerden sus lenguas

manzanas perdidas
se unen en un beso
           en un verso
un alimento
un  a l i e n t o
encuentran.

Dinner at Tiffanys



Andrea Calderón




La recuerdo ahí, sentada en el borde de la ventana, tratando de evadir las pláticas de los demás invitados. Las flores de su vestido blanco se alegraban de ceñir su figura. Al acercarme, sus ojos de miel se clavaron en mí, y ante la longitud de sus pestañas quedé petrificado. ¿Era posible toda esa belleza en un solo cuerpo? Parecía como si ella hubiera robado el encanto de las personas a su alrededor. Acomodó sus guantes; cubrían perfectamente sus brazos. Noté el peinado recogido, esa pequeña oreja con diamantes. Sus movimientos eran delicados, como los de un gato que observa un pájaro antes de cazarlo. Entonces me acerqué, y no bastó una sola palabra para saber que se sentía asfixiada y que quería huir de ahí inmediatamente.

—¿Quieres salir de aquí?

—Quiero comer algo.

Dio un salto rápido para ponerse de pie y me dispuse a seguirla entre la gente, que soltaba estridentes carcajadas y bebía; vi el moño de la parte trasera de su vestido: imaginé que, con un simple movimiento, podría desanudarlo, quitar la envoltura y ver el regalo que había dentro. 

No caminamos más de una cuadra para llegar a una cafetería; sus tacones pisaban una tras otra las losetas blancas y negras del piso. Cuando quedó sentada frente a mí, no dejé de observar su cara: el fleco de lado tapaba la mitad de su frente y una ceja, que quería esconder algo; mientras la otra, me seducía: era  quizá lo arqueado, el grosor de su nacimiento que hacia el final se desvanecía. Y sus ojos, el único lugar que mostraba lo inseguro de su personalidad, estaban inundados de miedo debajo del maquillaje. Seguí navegando con mi mirada hasta llegar a su nariz, pequeña y perfilada; después,  a esos labios rojos, delgados, que difíciles me regalaban palabra alguna. Perdido entonces en las calles de su rostro, dijo que quería una hamburguesa y una coca; yo sólo pedí  un expresso.

—Gracias —le dije al mesero cuando trajo mi café. La taza tenía una mancha de labial en la orilla y, antes de poder reclamar, ella preguntó mi nombre.  

—Xavier, ¿y tú?  —En eso, llegó la hamburguesa.

—¡Qué rico! Moría de hambre. Hace tres días que no como —dijo después de quitarse los guantes.  Agarró con una mano su hamburguesa y comenzó a tragarla; las mordidas provocaban que los aderezos se exprimieran y mancharan su vestido; la carne estaba a punto de resbalarse y, con la otra mano, bebía grandes tragos de refresco. Sus cachetes se expandían como los de un hámster. El caldo amarillento caía al plato y lo coloreaba grotesco. No cerraba la boca para masticar y hablaba (más bien, balbuceaba) con comida dentro.
—Sí  que tenías hambre.

—Mmm… —eructó, el olor de cebolla y pepinillos llegó hasta mi nariz; la mayonesa cubría las costuras de su boca. Tomé mi servilleta, estiré la mano y la pasé por encima de sus labios. Sonrió.
           
—¿Por qué no has comido en tres días?

        —De alguna manera tenía que caber en este vestido, ¿no? —La masilla entre sus dientes parecía hablar por sí sola. Terminó de comer, se levantó y fue hacia el baño, que quedaba justo a mis espaldas. Regresó cinco minutos después y volvió a sentarse. Mi mirada quedó inmóvil al notar que su vestido de nuevo estaba impecable y su cabello, perfecto. Ante mi sorpresa dijo:

—Holly —Pasó la lengua entre sus dientes para quitarse los restos de comida—. Así me llamo…


Erase una vez en un blog muy muy lejano...

“Si vas a intentarlo, que sea a fondo. Si no, mejor que ni empieces. Puede que pierdas familia, mujer, amistad, trabajos y hasta la cabeza. Puede que no comas en días, puede que te congeles en un banco de la calle. No importa. Es una prueba de resistencia para saber que puedes hacerlo. Y lo harás. A pesar del rechazo y de la incertidumbre, será mejor que cualquier cosa que hayas imaginado. Te sentirás a solas con los dioses, y las noches arderán en llamas. Cabalgarás la vida hasta la risa perfecta. Es la única batalla que cuenta.” 

― Charles Bukowski
Para presentar un blog se necesitan dos cosas: creatividad y valor montones y montones de valor.
    No voy a decir una perorata máxima de mi vida, porque a fin de cuentas, es lo que menos interesa aquí. No contaré que nací en un hospital y que los ojos de mi madre brillaron al ver mi rostro rosado y arrugado por primera vez (es claro que no podría decir esto porque simplemente no lo recuerdo y no lo viví como tal). Tampoco hablaré de mi niñez; si jugaba con juguetes de los Power Rangers, que si quería ser enfermera, que si tenía novio (en el Kinder, por muy increíble que eso se lea). Y mucho menos me dedicaré a darles una descripción de lo que me ha pasado en mi adolescencia y en la Universidad. ¿Para qué platicar de algo por lo que todos hemos pasado? Es lo mismo: pubertad emo de NadieMeComprende. Para contarles de mi vida mejor invítenme un café —o alcohol.— y con gusto me soltaré como hilo de media. Pero no, no será nada de eso. No señor. Pronto haré una autobiografía que nadie leerá, lo prometo. Mientras hablaré de lo que es esto...


 La versión electrónica de Lammadame.


Como escritora que soy o intento de...— tengo que admitir que no es una vocación y oficio nada fáciles. Estamos expuestos a la moda, a la crítica, al rechazo, a la marginación. Todo artista que piense que va a vivir del arte mismo, tiene de dos opciones: una, o eres rico y puedes crear arte sin problemas, o dos, de verdad quieres ser artista y te atienes a vivir debajo de un puente y apestar a trapo viejo. No tan así, estoy exagerando, pero vamos, que nos espera una vida difícil.


Sacrificios, de muchos de ellos está hecha la vida. Nosotros no nos salvaremos, ni hoy ni nunca. 


Precisamente por eso, un grupo de estudiantes de Casa Lamm se reunió -sabe Dios cuándo- y dijo “¡Hey! Vamos a hacer una gaceta”.
Lammadame empezó como una revista hecha por estudiantes para estudiantes. No pretende escoger con pinzas los escritos, porque, a fin de cuentas, cada uno tiene un valor y sólo el autor sabe por qué lo escribió así. Creer que tenemos el derecho o la autoridad de decir “este texto es bueno” o “este texto es una basura” sería pecar de petulancia, lo cual jamás se verá ni en la gaceta ni en el blog.
       Sabemos lo difícil que es, en estos días, publicar. A menos que seas el hijo perdido de Gabriel García Márquez o de Carlos Fuentes, debes de tener una obra excelente para que una buena editorial la quiera publicar. Mientras ¿qué hacemos? No nos vamos a adjudicar un parentesco, tampoco vamos a escribir lo que una editorial quiere.
Escribimos lo que queremos porque así lo queremos. Fácil y sencillo.
No tememos a la crítica, pues a fin de cuentas, hasta el autor más canónico obtuvo comentarios buenos y malos. Así es el camino y lo tenemos que tomar, con y sin obstáculos.
Nos conocemos, como escritores y es precisamente por eso que se creó este blog. Un espacio — bueno, malo, mediocre, excelente, ya tu juzgarás.—  para enseñarle al mundo aquellos que pugnamos por darnos a conocer en el mundo de la escritura.
Poesía, narrativa, ensayo, un híbrido, no importa, este espacio es tuyo, es de todos
Tal vez no tenga la influencia social de alguna editorial de renombre, pero es un comienzo, uno que todos estaremos dispuestos a construir diariamente con una creación.
Diría que este blog es como un “hijo” pero creo que sería más como una guardería, donde dejarás a tus textos, tus hijos, al cuidado de todo aquél que lo lea.

Con la invitación de que sigas leyendo...

Guadalupe Cruz
(Intento de escritora y colaboradora de este ilustre espacio virtual)




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