La cantata shamán


Diego Alan G. Guagnelli


Se dice que el fuego se esconde en el fuego,
que el cielo genera el silencio del cielo,
que el agua es maestra y juguete del tiempo,
que Tierra es la vida que gira en su centro.

He visto en la tierra dos rostros ocultos
de seres que viven ajenos de cuerpo,
los seres de esencia son hijos del fuego
y engendran los mundos, los frutos del cielo.

Sonrían aquellos que fueron primero,
ocultos muy dentro del viento y el fuego;
arrojen un canto de vida hacia el cielo
pues "vida" es el juego de los elementos

y el agua trae vida y la vida trae tiempo
y giran entonces los cielos sin cielo
y el giro trae la noche, trae cantos, trae rostros,
trae seres de espíritu férreo y acuoso.

¡Oh, voces que otorgan la vida a lo muerto!
¡Vengan a mi,
con todo delito!
¡Escuchen mi voz,
escuchen mi anhelo!

Ínfulas


Juan Rivera




Amadeo sube al auto con ínfulas de millonario; el interior está impecable: los asientos de piel relucientes y los acabados en caoba lustrosos. Enciende el motor. Mientras cumple con el tiempo de cortesía para que la máquina se temple, elige una música tranquila en el estéreo y abrocha su cinturón de seguridad. 

Desciende los cinco niveles del estacionamiento; en el trayecto hacia la salida, comprueba que ningún auto supera en lujo o en diseño al que conduce: tiene la carrocería pulida, los rines cromados y, además, el olor a nuevo, a fábrica, a dinero. Amadeo consigue escapar del laberinto de concreto y se incorpora a una gran avenida. El tráfico es pesado. Pronto se da cuenta de que todos a su alrededor llevan prisa, por eso hacen sonar sus bocinas y se pelean con los semáforos. En cambio, Amadeo conduce plácidamente: puede ceder el paso una y otra vez con tal de que el aire acondicionado sople a su favor. 

       A lo largo de la avenida se extiende la mayor y mejor colección de tiendas de la ciudad. La circulación lenta obliga a los conductores a voltear hacia los aparadores de los comercios elegantes, a los que sólo una capa finísima de la población puede acceder. Amadeo mira las tiendas por el rabillo del ojo, menospreciándolas, riéndose de la moda que le parece tan atrasada. Las personas que lo observan le tienen envidia; saben que como Amadeo existen miles: hombres que se sienten mejores, que se aprovechan de la gente, que probablemente roban.

Gira el volante para tomar el retorno de siempre. Avanza unos metros antes de detener el auto frente a un restaurante de primera. Amadeo apaga la música y el aire acondicionado y desciende de inmediato. Sostiene la puerta para que suba el legítimo dueño, quien, molesto de aguardar, no le suelta un peso de propina. 


¿Te gustó?

Puedes encontrar publicado este cuento de Juan Rivera en la Gaceta #3 de Lammadame.


Dieguito


Abraham Miguel Domínguez



En la casa, me asustaban muchas cosas, pero sobre todo Diego. De hecho, hubo una temporada en que me lo encontraba por todas partes. Mi madre, siempre distraída y deprimida, se encargaba de ponérmelo enfrente. Podía estar en su recámara, tranquilo, sin que le diera la luz, o bien, en mi buró. Era ahí donde más terror me daba, porque podía despertar a la media noche y verlo ahí, quieto, en la misma posición, con sus ojos-no-ojos penetrantes que jamás habían visto la luz.
              Muchas veces le dije a mi mamá que mejor se quedara con él. Pero ella, en esa temporada, casi no escuchaba. Salía a trabajar y regresaba cansada y muy noche. Entonces viví muchos años temiéndole a Diego. Un día, recuerdo, le pegué con una pelota mientras jugaba en mi recámara. Se dio un trancazo en el piso pero no le pasó nada. Fui, lo levanté con terror y traté de examinarlo para ver si había sufrido un daño. Todo parecía estar bien, desgraciadamente.
            Cuando nos mudamos, pensé que era el momento perfecto de deshacernos de Diego. Un día, mientras ella empacaba, lo escondí. Sabía que no gritaría. Sabía que su boca estaba pegada y que nunca había pronunciado vocal alguna. Lo metí en una de las bolsas que, según yo, irían a la basura. ¡Qué alegría sentí! Era mi victoria personal, al fin me había deshecho de él. Sin embargo, cuando mi madre quiso abrazarlo y darle la bendición, como todas las noches, y no lo encontró, se puso como loca. Fue por mí, me sacudió, me llamó diablo y que no la amaba. Recuerdo que me clavó las uñas en el brazo y me dio cachetadas que aún hoy en día me siguen doliendo. Tenía lágrimas en los labios y sin más opción, le dije en dónde estaba. 
             Diego regresó  a nuestras vidas. Mamá a fuerza quería que yo conviviera con él, que le hablara más, que incluso lo hiciera partícipe de mis juegos. 

             —A los dos los amo por igual —me dijo en una ocasión.

             Finalmente nos mudamos y Diego se adueñó de todo un cuarto para él solo. Mamá me dijo que él necesitaba su espacio también. Yo accedí con tal de que no tuviera que compartir mi recámara. 

          Poco a poco, cosas extrañas comenzaron a pasar. En las noches se escuchaban ruidos, pasos, como de niños corriendo, y risitas. Sentía miedo y mi mamá no me creía. Tenía que ser mi hermano. Una noche alguien me mordió el dedo gordo del pie mientras dormía. Esa vez grité y mamá acudió a ayudarme. Le juré que había sido Diego, porque ¿quién más si no él?
         De nuevo me llamó mentiroso y maldito. Fue en esa ocasión que una fuerza inexplicable se apoderó de mí. Desconocí  a mi madre y me dieron ganas de matarla, por imbécil, por retardada, por vieja loca. Tal vez yo dejaba de ser niño y me convertía, en ese momento, en hombre. 
             Salté de mi cama y fui al cuarto de Diego. Era de madrugada y no me importó. Lo agarré y lo llevé enfrente de mi mamá. Vi su cara de horror cuando se dio cuenta de la brusquedad con la que lo trataba. Lo agité tanto que se le formaron burbujas. Él, inmóvil, con su cara de muerto, su boca-no-boca y sus ojos-no-ojos, no dijo nada. Claro que nunca diría nada. 
             Con un arranque de furia lo dejé caer al piso. El frasco se rompió. Mamá explotó en llanto y fue a levantarlo. Diego yacía ahí, en medio de líquido y cristales. Mi hermano, que nunca logró vivir bien un día más que en el vientre de mi madre, ahora conocía el mundo, el nuestro.
             Mamá tomó a Diego, su Dieguito, y se lo pasó por las mejillas, como queriéndolo revivir. 
             A mí la imagen me sigue dando asco.


¿Te gustó?

Esta obra es un tributo a la escritora jalisciense Guadalupe Dueñas y su cuento Historia de Mariquita. Te invitamos a que la leas.

Con la tecnología de Blogger.

Copyright © 2012 Lammadame BlogTemplate by :Urangkurai.Powered by Blogger.Please upgrade to a Modern Browser.