Amelie Mews
Odiaba a los creyentes que lo querían volver de su religión y a los ateos que le temían al diablo.
Odiaba a los blancos con bronceado falso y a los morenos con rubio oxigenado.
Odiaba a los chaparros que les tocaba antes en la hilera y a los altos que le tapaban en el cine.
Odiaba a los gays que querían con él y a los heterosexuales que le bajaban a las chicas.
Él no discriminaba, él odiaba a todos por igual.
Odiaba hacer fila y los trámites burocráticos; odiaba que no se acordaran de su cumpleaños y odiaba las fiestas sorpresas; odiaba a los señores grandes que usan pantalones pegados o fajados; a las señoras que tocan el claxon en rojo y las que se arreglan en el camión; odiaba la estúpida moda de ropa neón y también la que era padre pero todo el mundo usaba; odiaba a su vecina que escuchaba canciones de desamor a todo volumen y los gritos de su otro vecino; odiaba a sus molestosos amigos imaginarios y a los reales; odiaba a las mujeres que sacaban su dinero del escote y que él tuviera más papeles que dinero en su cartera; odiaba que no lo dejaban leer en paz en el metro ni en la librería; odiaba las risas de fondo de las comedias y a los que lloraban en las películas infantiles; odiaba a los pubertos y a los adultos; odiaba las improvisaciones de jazz y la música de la radio; odiaba dar un billete liso y nuevo y odiaba a las que le daban su cambio con puros centavos; odiaba a su psicólogo y al farmacólogo. Odiaba San Valentín y cualquier otro día; odiaba a los chicos fresas y a los hipsters; odiaba las mujeres que estaban en sus días o eran menopáusicas; odiaba la comida del comedor y la de su casa; odiaba en pocas palabras… todo.
Sólo había una cosa que Odmundo no odiaba, y eso era a Anna.
Pero Anna lo odiaba a él.
El odio engendra más odio. Interesante.
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