Schlomo Cabrera Ballin
Empeora. Los reflejos siguen haciendo estragos en Xavier; lo hacen trizas. Piensa en los colores. Qué sobrevalorados están. Su ropa no combina con el tono rojizo de su cabello ni lo blanco de su piel; tampoco combinan entre sí.
Sale sin ella, sin el perro. Fuma. Observa. Basura por doquier. Brinca en cada grieta que encuentra sin miedo a caer. Firme. Llega al parque y se sienta en su banca regular; ahora entiende por qué siempre está vacía. Putas y chulos. Saca el octavo cigarro del día, son las 11:23 de la mañana, lo prende y lee el periódico que compró en la esquina. Amarillista, de nota roja, con tetas y muertas en la portada. Qué asco. Ve las fotos de todas maneras. La sangre es tan café, los pezones tan rosas. No se le para. Le da tristeza. Xavier lleva once días intentando re-encontrar el placer en las mujeres. No puede. Se veían mejor en su cabeza. Todo era mejor en su imaginación.
Xavier recuerda: tenía seis años, era el cumpleaños de su hermana mayor y sus papás le habían regalado un kit de manualidades con brillantina, plumones, tijeras en zigzag y todas esas cosas que solían divertir a las niñas de nueve en décadas pasadas; antes de las mini faldas, maquillaje en exceso, smart-phones y perfiles con fotos en Facebook. Los colores lo llamaban, siempre lo habían hecho. A media fiesta, cuando nadie lo observaba, Xavier entró en el cuarto de su hermana y comenzó a abrir los regalos, esperando encontrar ése que él ayudó a escoger. Todo pasó en menos de tres minutos. Rompió la envoltura, tomó los plumones y pintó su cuerpo; combinó las pinturas en el piso. Bonito. No le gustó el resultado. Café, casi negro. Fue entonces que abrió los frascos de brillantina. Llamativa. Llena de luz. Quería verla de cerca, sorprender a sus papás con ojos de colores, ser el alma de la fiesta. La vació en sus ojos; los cerró instantáneamente. Lloró. Gritó. Luces, negro y sangre. Todo… pero no color.
Ella estaba ahí cuando Xavier abrió los ojos, a su lado, como siempre. Él no lo creía. Seis años casados y no lo sabía. No pudo saberlo. Era fea, realmente fea. Xavier no supo qué hacer; su imaginación le había creado una imagen diferente. Una imagen perfecta, todos los recuerdos que tenía de ella se vinieron abajo, el mundo colorido e infantil que había quedado y recreado en su memoria fue destruido por el frío golpe de la realidad. La realidad es una imagen poco estética. Gris. La noche que lo dieron de alta, ella quería celebrar. Vino, lencería y asco. Él no pudo, dijo que se sentía débil. Las náuseas eran reales. Lo siguen siendo. Sigue sin tocarla; no se atreve.
Lo difícil fue verse él. El espejo no miente. Todos estos años, él creyó que se veía como cuando tenía seis. Simplemente agregaba los cambios que él sentía a esa imagen: barba, bigote y largo de cabello; aunque las sintiera, nunca sumó las manchas, marcas de acné y arrugas. Verse fue un espanto. Ver es mentira.
Cajetilla vacía. Xavier se levanta. Camina. Papelería. Departamento. Ella está trabajando. Xavier sabe lo que tiene que hacer. El mundo es feo, la gente más. Se ve en el espejo. Respira. La última vez. Toma una cuchara y los botes de brillantina que compró. Entra al baño. Llena la tina; la vierte, toda. Bonito. Entra y ve cómo los colores lo rodean. Verdes, azul y morado. Toma la cuchara. A la cuenta de tres. Inhala. La coloca bajo su párpado. Pronto el sufrimiento terminará. Exhala. Cuenta: Uno, dos, tres…
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